Sin libros y sin catálogos ¿qué será de las bibliotecas?

[imagen : NYPL Digital Gallery]

Os confieso mi angustia en esta ocasión. Es tanto lo que se ha escrito recientemente sobre el futuro de las bibliotecas y la profesión bibliotecaria que resulta a veces díficil controlar -siquiera superficialmente- todo ese flujo de información. A veces da incluso la impresión de que es todo un género el que se ha creado al calor de las crisis, los recortes, las intervenciones y los rescates.

Podríamos incluso nombrar al fenómeno : prospectiva bibliotecaria. Podéis echar un vistazo a las novedades de los tablones de enlaces de @biblioupm en Pinterest, #librarians; #thelibrary  o #theacademiclibrary para comprobar la gran variedad de propuestas, alternativas, innovaciones y nuevas e intensas ideas que en este mismo momento bullen en artículos, posts, tuits, infografías, presentaciones, podcasts y vídeos de miles de profesionales como nosotros en todos los rincones del planeta. Porque hay alternativas. Porque la gestión, la protección, la canalización, la comunicación, la facilitación del conocimiento, de la creatividad, de la innovación son las claves de un futuro que ya comienza a asomar a la vuelta de la esquina.

Pero construir el futuro es también -además de evaluar, estudiar, analizar, las propuestas novedosas, incluso atrevidas, que van surgiendo- ver cuáles de nuestras prácticas actuales están quedando obsoletas, desfasadas o son inservibles. Bien porque la rapidez con la que se suceden los cambios tecnológicos han dejado atrás herramientas de gestión de la información que nacieron en un contexto muy diferente y cuya utilidad actual es cada vez más cuestionada, bien porque las propias demandas de los usuarios hacia la biblioteca han cambiado, evolucionado o se han transformado en formas, maneras y usos a los que biblioteca y bibliotecarios aún tienen problemas para responder adecuadamente.

Para estudiar esos cambios tecnológicos que hacen envejecer súbitamente a herramientas hasta ahora cotidianas en las bibliotecas os traigo un post interesantísimo escrito por Caroline Gauld [@carolgauld] en su blog Carol by Computer Light y titulado ‘La diferencia entre un experto y un especialista‘ [‘The difference between an expert and a specialist]. En él, la autora habla, desde su posición de experta en sistemas bibliotecarios, de la dificultad insalvable que las bibliotecas de hoy tienen para hacer útiles y relevantes sus catálogos frente a la potencia -comparativamente sideral- de motores de búsqueda como Google. Como, con cierta polémica, se atrevió a twitear la autora : ‘Libraries need to admit that we suck at search and get over it’ [algo así como ‘las bibliotecas necesitamos admitir que fallamos en las búsquedas… y asumirlo’].

Creo que es un gesto muy honesto por parte de una profesional reconocer que los actuales catálogos simplemente no sirven para que los usuarios de internet descubran y utilicen la información que custodian las bibliotecas. Parcelados, a veces inexactos, muchas veces pequeños, en ocasiones deficientemente mantenidos y, sobre todo, siempre dependientes de un esfuerzo de catalogación previo que no puede tener en consideración las futuras necesidades de los usuarios que buscarán en ellos. Frente a esta herramienta tan deficiente -y otras tan inequívocamente ‘góticas’ como los operadores booleanos– Google dispone de una capacidad tal de organizar, buscar y encontrar información a través de herramientas como Google’s Knowledge Graph, las búsquedas predictivas o los ránkings de relevancia que convierten el esfuerzo que se ha empleado durante décadas en levantar opacs dignos y fiables en algo parecido a un entretenimiento amateur, un hobby para aficionados de fin de semana. Y no importa si tenéis alguna duda sobre lo que os estoy contando… en el tiempo que tardéis en procesar y enunciar esa duda, Google ya habrá conseguido innovar, mejorar o superarse a sí mismo una vez más. Porque el objetivo de Google no es conseguir clasificar y catalogar toda la información disponible -esa noble e ingenua aspiración de más de un siglo de ‘ciencia bibliotecaria’- sino predecir del modo más exacto posible el resultado de las búsquedas, nuestra propia conducta como demandantes de información, para ofrecer un servicio cada vez más preciso, más rápido y con mayor valor añadido.

Las herramientas de los catálogos bibliotecarios no sólo no se actualizan con la debida rapidez -a veces con ninguna rapidez, como es el caso de las interfaces de búsqueda, que se suelen mantienen invariables durante toda la vida útil del catálogo- sino que incluso hay bibliotecas valientes que ponen en marcha sus propios buscadores y sus propios y pequeños catálogos para sus propios y pequeños fondos, con la lamentable pérdida de eficacia y recursos que esas acciones implican. Sin embargo, no es tan sólo por una cuestión de eficacia, recursos, planificación o estrategia por lo que es casi imposible que los buscadores de los catálogos estén a la altura de las necesidades de los usuarios; simplemente no están diseñados para ello. Los buscadores de catálogos de bibliotecas no están diseñados en función de esas necesidades sino que dependen de los metadatos previamente introducidos en el proceso de catalogación por los bibliotecarios y de extravagantes ecuaciones de búsqueda realizadas también por los bibliotecarios ¿Alguien es capaz de reconocer la presencia del usuario en esos dos procesos -metadatos y ecuación de búsqueda- a cuya pretendida eficacia los bibliotecarios nos aferramos como naúfragos desesperados? ¿Podremos al fin reconocer que los sistemas bibliotecarios y la formación que ofrecemos para utilizarlos no están diseñados para ayudar a los usuarios sino para intentar convertirlos en ‘mini-bibliotecarios’, colaboradores involuntarios pero necesarios en la perpetuación del conjunto de ritos y hechizos que nos permitirán seguir siendo ‘especialistas en la búsqueda de información’?.

Sí, se trata de un desafío. Un desafío que nos cuestiona. Que cuestiona nuestra forma de hacer las cosas. Pero ese desafío también puede -y debe- ser una oportunidad. El catálogo y su buscador son unos instrumentos. Ni más ni menos. Uno de los muchos instrumentos que hemos utilizado los bibliotecarios durante siglos para cumplir con nuestra misión. Como el libro. Un simple y eficaz -hasta ahora- contenedor de información al que a veces nos aferramos con una mezcla demasiado sentimental de nostalgia y devoción, olvidando que nuestra misión está por encima de los instrumentos y de los contenedores que utilizamos para llevarla a cabo : como en tiempos de Hipatia, coleccionar, preservar y compartir la información al servicio de la comunidad; como en tiempos de Hipatia, crear espacios para el conocimiento, la creatividad y el aprendizaje al servicio de la comunidad.

Nada en la misión de la biblioteca nos obliga a ser expertos en buscadores. Nada nos obliga a ser expertos catalogadores ni expertos clasificadores. Pero sí que resulta imprescindible -hoy más que nunca- conocer a nuestros usuarios, conocer la institución o la comunidad con la que trabajamos, conocer cuáles son sus necesidades de búsquedas de información y organizar los fondos que custodiamos en función de esas necesidades, no de las nuestras. Si realmente los bibliotecarios queremos ser relevantes en el mundo que viene debemos dejar de vernos a nosotros mismos como los únicos expertos en búsqueda de información y empezar a asumir que nuestro sitio está junto al usuario, no por encima del usuario. En la alfabetización digital, en la gestión intelectualmente saludable de la enorme cantidad de información a la que todos estamos expuestos. Qué buscan nuestros usuarios en Google, qué encuentran en Facebook, qué ven en Youtube, qué comparten en Twitter, cómo lo buscan, cómo seleccionan lo que encuentran, cómo lo evalúan, cómo lo descartan, cuál es su criterio a la hora de utilizarlo, cómo lo editan, cómo lo organizan y cómo lo transforman… son algunos de los operadores en esta nueva ‘ecuación de búsqueda’.

Espero que os resulten interesantes tanto el artículo cuya lectura os recomiendo como el modesto -y espero que no demasiado inexacto- resumen que os he preparado. Como siempre sabéis que podemos continuar esta conversación a través de los canales habituales.

La imagen que ilustra este post proviene del The Commons en Flickr de la New York Public Library Digital Gallery. Representa la New York Public Library Room 100, including card catalogues.

Acerca de jigalle

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